QUINTO ESTRECHÓ LAZOS Y SEXTO ABRIRÁ Y CERRARÁ PUERTAS Subamos cada día un peldaño de esta escalera llamada EDUCACIÓN, estrechando lazos fuertes que perduren a través del tiempo . BIENVENIDOS A QUINTO.
domingo, 27 de marzo de 2016
domingo, 13 de marzo de 2016
Y seguimos leyendo
MANOS
Montones de veces —y a mi pedido— mi
inolvidable tío Tomás me contó esta historia "de miedo" cuando yo
era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un
pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía...
No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento
y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo
que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras
sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas—
este relato era uno de mis preferidos.
—¡Te pone los pelos de punta y —sin
embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el
tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez
a cambio de tu promesa...
Y entonces yo volvía a prometerle que
guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a
narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde
cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por
eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho eran inventadas
por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra
vez.
Y una y otra vez la conté yo misma —años
después— a mis propios "sobrinhijos" así como —ahora— me dispongo a
contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo
y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento
"de miedo"!
Y bien. Aquí va:
Martina,
Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela
sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas
veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían
pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía
en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos
juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer...
Aquel sábado de pleno invierno
—por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas
se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la
abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar
unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído
especialmente para esa ocasión.
Adorable la abuela de Martina. No
aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor,
conversadora. Había sido una excelente bailarina de "tap"1. Las chicas lo sabían y por eso le
habían insistido para que bailara con ellas.
—¿Por qué no lo dejan para mañana a la
tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró
un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató —en vano— de
convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las
niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin
la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los
perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela
y las tres nenas se preparaban para la función casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse
con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles.
Arriba —bien arriba— el cielo, con las
estrellas escondidas tras espesos nubarrones.
La improvisada clase de baile se
prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila
y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de "tap" y la abuela
se quedara exhausta y muy acalorada.
Pronto, todos se retiraron a sus
cuartos.
Alrededor de la casa, la noche, tan
negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.
Las tres nenas ya se habían acostado.
Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa
casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el
primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio
y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en
noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho
cubriéndolo todo).
En el cuarto había tres camas de una
plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de
luz.
En la cama de la izquierda, Martina,
porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque
le gustaba el sitio al lado de la ventana.
En la cama del medio, Oriana, porque era
miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando
las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente
y de prisa— a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave
—creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la
revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no
vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.
¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de
esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la
salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que
oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia
de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que
—finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche.
Truenos y rayos que conmovían el
corazón.
Relámpagos, como gigantescas y
electrizadas luciérnagas.
El viento, volcándose como pocas veces
antes.
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó
Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero
permanecían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y
de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo.
La cama de Oriana fue —entonces— la más
iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la
luz directa de dos veladores.
—No pasa nada. La tormenta empeora la
situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus
propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela.
Seguro —opinaba Camila.
Y así —entre las lamentaciones de Oriana
y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas— transcurrió alrededor
de un cuarto de hora en todos los relojes.
Cuando el de la sala —grande y de
péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían
logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con
tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló
Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma
tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Sólo encontró las manos de sus amigas,
haciendo lo propio.
—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó
Camila.
—¡Se habrá cortado la luz! —supuso
Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad
haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la
necesitaba en esos momentos...
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las
velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!
—"¡Hay que!" "¡Hay
que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—.
Yo, ¡ni loca!
—¡Yo tampoco! —agregó Martina—.
Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué
tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan?
Oriana lloraba con la cabeza oculta
debajo de la almohada.
—Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me
muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas... Sean buenitas... Buaaah...
Martina sintió pena por su amiga. Si
bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como
tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una heramana mayor.
—Bueno, bueno; no llores más, Ori.
Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más
miedo, ¿sí?
—¿Q--ué..? —balbuceó Oriana.
—¿Qué cosa? —Camila también se mostró
interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar).
Martina continuó con su explicación:
—Nos tapamos bien —cada una en su cama—
y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos.
Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió
más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en
cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó
Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los
dos lados...
—En cambio, nosotras... —completó
Martina— sólo con una mano...
Y así —de manos fuertemente
entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos.
Al rato, todas dormían.
Afuera, la tormenta empezaba a
despedirse.
Gracias a Dios, la abuela ya se siente
bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a
la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo
estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían
plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para
avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!
—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las
felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la
cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.
—No tan valientes, señora... Al menos,
yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la
víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos...
Tras esta confesión de la nena,
padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado.
Entonces, las tres amiguitas les
contaron:
—Nos tapamos bien, cada una en su cama
como ahora...
—Estirarnos los brazos así, como
ahora...
—Nos dimos las manos con fuerza, así,
como ahora...
¡Qué impresión les causó lo que
comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni
los padres ni la abuela.
Resulta que por más que se esforzaron
—estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a
rozarse siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales
unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse
—apenas— las puntas de los dedos!
Sin embargo, las tres habían
—realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien
llevaron a la acción la propuesta de Martina.
—¿Las manos de quién??? —exclamaron
entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos
de horror.
—¿De quiénes??? —corrigió
Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos!
Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de
las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras,
en busca de aferrarse entre sí.
Manos humanas.
Manos espectrales.
(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los
fantasmas también tengan miedo... y nos necesiten...)
domingo, 6 de marzo de 2016
Un cuento fantástico para leer
"La del 11 J" de Elsa Bornemann
LA DEL ONCE "JOTA
LA DEL ONCE "JOTA
Cuesta creer que una abuela no ame a sus
nietos pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja siglo veinte que sólo
se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ninguno de
los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los
pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del accidente
que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.
Durante los años que vivieron con ella,
la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los
había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth
—la más pequeña de los hermanos— acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica
a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido —por supuesto—
porque por algo era perversa, ¿no?
Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su
abuela pero —al menos— sus caritas los habían salvado de padecer una que otra
crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y —por lo tanto— a la vieja no se le
habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.
El caso fue que tanto
sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que —no bien
crecieron y pudieron trabajar— alquilaron un departamento chiquito y allí se
fueron a vivir juntos.
Pasaron algunos años más.
Luis y Leandro se casaron y así fue como
Lilibeth se quedó sólita en aquel 11 "J", contrafrente, dos
ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de
manzana.
Lili era vendedora en una tienda
y —a partir del atardecer— estudiaba en una escuela nocturna.
Un viernes a la medianoche —no bien
acababa de caer rendida en su cama— se despertó sobresaltada. Una pesadilla
que no lograba recordar, acaso. Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir
que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida.
Esa sensación le duró alrededor de cinco
minutos inacabables.
Cuando concluyó, Lilibeth oyó
—fugazmente— la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos—.
—Liiilibeeeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth... Liiiiiii... Liiiii... Ag.
La jovencita encendió el velador, la
radio y abandonó el lecho, indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche
iban a hacerle muy bien, después de esos momentos de angustia.
Y así fue.
Pero a la mañana siguiente— lo
que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la
misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro —a través
del teléfono— le anunciaron:
—Esta madrugada falleció la abuela...
Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco,
Lili... pero... claro... alguien tiene que hacerse cargo de... Quedáte
tranquila, nena... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.
Luis y Leandro visitaron el 11
"J" la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.
Si bien ninguno de los tres podía sentir
dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara —mezcla de pena e
inquietud a la par— unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se
profesaban.
—Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo
nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos
que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La
abuela se había comprado tv-color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas
ultra modernos, ¿qué te parece? Lilibeth los escuchaba como atontada. Y como
atontada recibió —el sábado siguiente— los cinco aparatos domésticos que
habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y
tangible. (La otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo
podía darse cuenta?... ¿quién hubiera sido capaz de darse cuenta?)
Más de dos meses transcurrieron en los
almanaques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se
promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un
día, superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la
desamorada abuela y —finalmente— empezó con la licuadora. Aquella mañana de
domingo, tanto Lilibeth como su gato se hartaron de bananas con leche.
A partir de entonces comenzó a usar
—también— la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo
instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas.
Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos
de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela
semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?
A lo largo de algunos días, Lilibeth se
fue acostumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si
hubieran sido suyos desde siempre. El que más le atraía el televisor
color, claro. Apenas regresaba al departamento —después de su jornada de
trabajo y estudio— lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente,
se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las
horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más
de una ocasión, Lili se despertaba antes del amanecer a causa del
"schschsch" que emitía el televisor, encendido al divino botón.
Una de esas veces —cerca de la madrugada
de un sábado como otros— la jovencita tanteó el cubrecama —medio dormida—
tratando de ubicar la cajita del control remoto que le permitía apagar la
televisión sin tener que levantarse.
Al no encontrarlo, se despabiló
a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chirriante sonido
terminaron por despertarla totalmente. Entonces la vio y un estremecimiento le
recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía —sin sus
dientes— desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que
se apagaron —de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera
—siquiera— rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se
instaló en el 11 "J" como un huésped favorito.
La pobre chica no se animaba a contarle
a nadie lo que le estaba ocurriendo.
—¿Me estaré volviendo loca? —se
preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que todos y cada uno de
los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad
cotidiana.
Para aliviar un poquito su callado
pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella
conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.
Y anotó —entonces— entre muchas otras
cosas que...
"La lustradora no me obedece; es
inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo... (...)
El aparato pone en acción "sus propios planes", moviéndose hacia
donde se le antoja... (...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha
"por su cuenta", mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de
zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (...) La heladera me depara horrendas
sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos,
aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por
el incinerador... (...) La desdentada imagen de la abuela continúa apareciendo
y desapareciendo —de pronto— en la pantalla del televisor durante las funciones
de trasnoche... (...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por
el departamento casi siempre erizado (...) Fija su mirada redondita aquí y
allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona
normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás
malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante esta
siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa..."
(AQUÍ CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH. ABRUPTAMENTE, y UN TRAZO DE BOLÍGRAFO AZUL SALE COMO
UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA "A" HASTA LLEGAR AL EXTREMO
INFERIOR DE LA HOJA.)
Tras un día y medio sin noticias
de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.
Era el mediodía del martes siguiente a
esa "siesta dominguera".
Apenas arribados, Luis y Leandro se
sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra
golpeaba a la puerta del 11 "J", mientras que el portero pasaba el
trapo de piso una y otra vez.
—No sabemos qué está pasando adentro. La
señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de
llamado... Desde ayer que...
Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo
de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.
Dieron parte a la policía. Forzaron la
puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su correspondiente traba.
Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desesperación.
Y —con desesperación— comprobaron que la muchacha no estaba allí.
El televisor en funcionamiento —pero
extrañamente sin transmisión a pesar de la hora— enervaba con su zumbido.
En la cocina, "la montaña" de
ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.
Medio enroscado a la paleta del tambor
giratorio y medio colgando hacia afuera, un camisón de Lilibeth; única prenda
que encontraron allí, además de una pantufla casi deshecha en el fondo del
tambor.
El agua jabonosa seguía derramándose y
empapando los pisos.
Más tarde, Luis ubicó a Zambri,
detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de diarios viejos. El
animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de
horror del que nadie logró despegarlo todavía. (Se lo llevó Leandro.)
El gato, único testigo.
Pero los gatos no hablan. Y a la
policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de
una loca que "vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin
dejar rastros"... "una loca suelta más"... "La loca del 11
Jota"... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para la que yo
trabajo me envió a hacer esta nota.
El manojo de llaves
Al nacer la vida nos regala un manojo de llaves, las cuales se irán usando o no.
El 29 de febrero de 2016 todos ustedes debieron separar la llave que abriría la puerta de sexto.
¿Qué les parece que habrá detrás de esa puerta?
El 29 de febrero de 2016 todos ustedes debieron separar la llave que abriría la puerta de sexto.
¿Qué les parece que habrá detrás de esa puerta?
Y VOLVIMOS A CLASE
Durante quinto año estrechamos lazos y en sexto usaremos LLAVES.
Llaves será nuestra palabra del año.Comencemos entonces cantando la canción de Abel Pintos
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)




